Estaba sentado en su viejo escritorio, lleno de antiguas ediciones de revistas ya publicadas, recortes de críticas a libros de terror, muchos lápices sin tinta, cuando se le acerca su compañero de trabajo y le dice: “muchas felicidades amigo, que este nuevo año que cumples sea lleno alegría y de bonitos recuerdos”; “muchas gracias” contestó él, un tanto asombrado por aquella inesperada felicitación.
Al terminar su trabajo se dirigió a su pequeña cabaña ubicada a unos pocos metros de la playa. Ahí lo esperaba su esposa y sus hijas con un gran pastel y un gran coro de niños desafinados cantando a des ritmo “cumpleaños papá”. El agradeció todo y pasaron alegremente a sentarse a la mesa. Comieron, rieron y luego de un momento vino aquel usual momento que utilizan todas las personas del mundo entero, “recuerdas…”. Su esposa Virginia le preguntaba si recordaba el día en el que se conocieron, si recordaba como andaba vestida, si recordaba aquel paseo al lago cuando él se cayó en un barrial y muchas otros más. Luego fue el turno del hijo, luego el de la hija, luego el de sus padres (que había olvidado mencionar); ellos le preguntaron si recordaba como solía comportarse cuando ellos no le compraban el juguete que quería, o de cómo era su antiguo carácter, sus jóvenes rebeldías y muchos otros más. En fin, fue una noche agotadora para aquel hombre, que paso de ser el felicitado a un cuestionado sin piedad. Al terminar la noche prefirió no pensar en nada y se acostó a su cama a dormir como nunca jamás lo había hecho. Al despertar, se levanto, tomo su pistola y corrió rápidamente hacia el auto, algo así como un cronometro corriendo a la velocidad de un apocalipsis le golpeaba la cabeza y le hacía realizar sus actos cada vez más rápidos. Todo estaba tan solo, tan sombrío, el viento corría tan sutilmente por las baldías calles, pero él no se extrañaba de nada, ni siquiera de que al levantarse su esposa no estaba a su lado y de que no se escuchaba el prematuro ronquido de su hijo menor. Llego a la estación de ferrocarriles, en una gélida y espesa madrugada, vio al hombre que por instinto buscaba, cerró los ojos y disparo. Luego de ese estruendoso disparo sintió que algo le molestaba en el bolsillo de su chaqueta, introdujo su mano izquierda y leyó “te quiero papá, ojala esto no se te olvide jamás”.
Sebastián León
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